Por Rosario Herrera Guido
Sabines se equivoca como todos,
pero acierta como pocos.
José Emilio Pacheco, Reseña de Nuevo recuerdo de poemas,
Vuelta no. 9, agosto de 1997, pp. 34-36.
Memorable Centenario del Natalicio del poeta Jaime Sabines (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 25 de marzo de 1926-Ciudad de México, 19 de marzo de 1999), uno de los grandes poetas del siglo XX. Hijo del libanés Julio Sabines, migrante en Cuba y avecindado en México en 1916, un agente activo en la Revolución y compañero de Luz Gutiérrez Moguel, nieta de Joaquín Miguel Gutiérrez, militar y gobernador del estado, en cuyo honor es bautizada Tuxtla Gutiérrez, donde alumbran, en los dos sentidos, dan a luz e iluminan a tres hijos: Juan, Jorge y el poeta Jaime. El poeta que debido al placer por las letras con que lo alimenta su padre, sabe y confiesa en el poema “Algo sobre la muerte del Mayor Sabines” (Joaquín Mortiz, 1979), que es su mejor creación, donde habla de la muerte de su padre y de la importancia y causa de dedicarse a escribir poesía, como lo aprecia (Gloria Vergara, El universo poético de Jaime Sabines, Ibero, 2003). Estudiante de medicina en la UNAM, quien pronto sabe que tales saberes no le saben bien y lo hacen retornar a Chiapas, no por casualidad, entre venta de telas, texturas, lecturas y textos para saborear las letras y escribir su célebre poemario Tarumba (México, Metáfora, 1956). Y quien en cuya tierra contrae nupcias con Josefa Rodríguez Zebadúa (“Chepita”) en 1953 y dan a luz a cuatro hijos: Julio, Julieta, Judith y Jazmín. El que siempre se asumió como un hombre y poeta sencillo de la comunidad. Tras la muerte de la madre da a luz al poema Doña Luz: “Lloverás en el tiempo de lluvia, / harás calor en el verano, / harás frío en el atardecer. / Volverás a morir otras mil veces. / Florecerás cuando todo florezca. / No eres nada, nadie, madre. / De nosotros quedará la misma huella, / la semilla del viento en el agua, / el esqueleto de las hojas en la tierra. / Sobre las rocas, el tatuaje de las sombras, / en el corazón de los árboles la palabra amor. / No somos nada, nadie, madre. / Es inútil vivir / pero es más inútil morir.” Es el poeta colmado de reconocimientos por sus coetáneos y lectores. Premio Chiapas de El Ateneo de Ciencias y Artes de Chiapas (1959), Xavier Villaurrutia (1972), Elías Sourasky (1982), Premio Nacional de Ciencias y Artes Lingüísticas y Literatura (1983), Presea Ciudad de México (1991), Medalla Belisario Domínguez (1994), Premio Mazatlán de Literatura (1996), en 1991 se celebró el Encuentro de Poesía Jaime Sabines y a sus 70 años el gobierno del Distrito Federal celebró un sublime homenaje. Su ausencia real acaecida en la Ciudad de México el 19 de marzo de 1999, inmortalizó su presencia simbólica en su obra y la memoria poética. En 1949 regresa a la Ciudad de México, para estudiar la licenciatura en Lengua y literatura española en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, a la sombra de un bosque poético: María Magdalena Hernández Pereira, Agustín Yáñez, José Gaos y Eduardo Nicol y la compañía de Emilio Carballido, Rosario Castellanos y Ramón Xirau (en la tertulia literaria de Efrén Hernández. Entre sus influencias literarias destacan Ramón López Velarde, Rafael Alberti, James Joyce, Federico García Lorca y Pablo Neruda. En 1949 publica Horal (Tuxtla, Prensa y Turismo, 1950), sin el prólogo de Carlos Pellicer, para alumbrar con luz propia. En 1954 publica Tarumba (México, Metáfora), el menos saboreado en su tierra y el más apreciado allende los mares. “Los amorosos: Cartas a Chepita” (Mexicali, UABC, 1997), es tal vez el poema más conocido y exitoso. Llamado “El francotirador de la literatura” por transformar la literatura en realidad: la calle, los hospitales y los patios. Por lo que Octavio Paz lo reconoce como uno de los mejores poetas de su tiempo en nuestra lengua madre: “Su humor es un chaparrón de bofetadas, su risa culmina en un aullido, su cólera es acelerada y su ternura colérica. Pasa del jardín de la infancia a la sala de operaciones. Para Sabines, todos los días son el primero y el último día del mundo” (Prólogo, “El llanto fracasado”, Antología de Jaime Sabines, Joaquín Mortiz, 1980). La luna, uno de los poemas más célebres de Jaime Sabines, creado en la década de los 50s, que forma parte de su obra recopilada en antologías y en su poemario Horal (1959), ha sido declamado por Joan Manuel Serrat en el marco del centenario de su natalicio, del que se conserva un video obsequiado al Instituto Cervantes y la UNAM-España para honrar al poeta mexicano. He aquí los saberes de Sabines para saborear…
La luna
La luna se puede tomar a cucharadas
o como una cápsula cada dos horas.
Es buena como hipnótico y sedante
y también alivia
a los que se han intoxicado de filosofía.
Un pedazo de luna en el bolsillo
es mejor amuleto que la pata de conejo:
sirve para encontrar a quien se ama,
para ser rico sin que lo sepa nadie
y para alejar a los médicos y las clínicas.
Se puede dar de postre a los niños
cuando no se han dormido,
y unas gotas de luna en los ojos de los ancianos
ayudan a bien morir.
Pon una hoja tierna de la luna
debajo de tu almohada
y mirarás lo que quieras ver.
Lleva siempre un frasquito del aire de la luna
para cuando te ahogues,
y dale la llave de la luna
a los presos y a los desencantados.
Para los condenados a muerte
y para los condenados a vida
no hay mejor estimulante que la luna en dosis precisas y controladas.


